miércoles, 19 de junio de 2013

EL  GLOBO SE DESINFLA.

Por: David Alberto Badillo.

Lo lógico es que a las 4 de la tarde estemos platicando de una derrota del equipo mexicano a manos de Brasil. Porque el anfitrión de la Copa Confederaciones, el scratch, ha sido, es, y será,  superior a la selección mexicana.


Los obcecados tricolores podrán argumentar, en contra de esta idea, que México ya le ha ganado en alguna ocasión a Brasil en futbol. En alguna ocasión le pegó en Maracaná, en alguna ocasión le ganó en una final de la Copa Confederaciones, en alguna ocasión le ganó jugando bien en el 2005 en territorio neutral, en Alemania, en ronda grupal http://www.youtube.com/watch?v=6cmzwWq7XsA.


“Alguna ocasión” México en futbol vive, de alguna ocasión en la que hizo algo más o menos digno. Se le ganó a Brasil en una final de juegos olímpicos http://www.youtube.com/watch?v=rOvx50ahnI0.  ¿Qué ha cambiado desde entonces?


“El día que todo cambió” El día del sí se pudo. El día que venció el chauvinismo al  nihilismo de los amargados apátridas que no quieren a la selección, que no son devotos del futbol.


El estilo mexicano se le complica a Brasil en futbol, dicen los brasileños con mucho respeto a México, cumpliendo con el protocolo, políticamente haciendo lo correcto, con demagogia inclusive. Nosotros, incautos del panbol, les creemos con el masiosare en el corazón. Cuando estamos enamorados de nuestro equipo somos muy ingenuos.


Se les ha ganado y los “tenemos de hijos”. Lo mismo se decía hace unos días de los italianos. Y ya sabemos cómo terminó todo. Con México perdiendo, que no existe mayor pecado en ello. Pero haciéndolo sin meter las manos, perdiendo en el campo jugando muy mal.


El culpable es, ahora resulta, José Manuel “Chepo” de la Torre. El mismo impasible, casi marcial técnico, insondable personaje. Serio por los cuatro puntos cardinales de su ser, obligado a cumplir con la política de trastulos del canal de la estrellas. Es él, el chivo expiatorio del tricolor.
Su cabeza pende de un hilo, el mensaje está claro.


Los directivos que con tanta facilidad aparecen en el momento de alzar la cabeza y erguir el pecho, de colgarse la medalla que ganaron otros en el campo. Con la misma facilidad desaparecen al momento de los golpes.
Cuando le va mal al futbol, entonces la boyante industria que cacarean en otros momentos, ya no es su responsabilidad, ya no son ellos los protagonistas de la película.


Mediante terceros, gente de la pluma y el micrófono, cargan contra un aparente culpable. El entrenador por ejemplo. Que tiene su responsabilidad y comete errores, claro está. Pero tampoco se le pueden achacar todos los males a un personaje, por mucho que se trate del director técnico del equipo.


El problema no fue perder con Italia, no lo será si se pierde o empata con Brasil. De hecho tampoco lo es que México no luzca aún en la eliminatoria, paupérrima en nivel futbolístico. El problema fue engañarnos con placebos fugaces, caducos, como el de Londres del año pasado.

El placer efímero es intenso, se disfruta más. Causa una fruición a la que no están habituados los que se acostumbran a gozar, a ganar. El problema es que la probadita de éxito para los desprovistos regularmente de él, termina por ser dañina, por engañar, desubicar. Nada más pernicioso que vivir fuera de la realidad, esperando algo inalcanzable.


El globo tricolor como cada cuatro años se infla irresponsablemente. Después pierde gas y languidece irremisiblemente frente al menoscabado sentimiento patrio,  que tanto depende, según algunos, del bendito futbol.





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