miércoles, 26 de junio de 2013

FAVELAS  VS FUTBOL

Por: David Alberto Badillo

En Portugal, madre patria de Brasil, existe algo conocido como la triple efe nacionalista. Fátima, fado y futbol. Fátima por la virgen más importante de los portugueses, fado, la expresión musical por excelencia de Portugal, y el futbol, que es la gran pasión deportiva de aquella región de la península.


La pasión por la música, el catolicísimo acendrado y el gusto llevado al grado del deleite, por el futbol, fue heredado a la colonia americana de los lusos. Porque cuando se piensa en futbol se piensa en Brasil, cuando se habla de Brasil se tiene que hablar de futbol.


Los niños en Brasil nacen con el balón pegado al pie. Todos tienen algo que ver con el futbol, al menos manteniendo inquina por él. Inadvertido jamás será el soccer para el pueblo brasileño.

El balompié forma parte del patrimonio, y no nada más deportivo, también cultural. A diferencia de países en los que el futbol ocupa un lugar importante mediáticamente, o se le concede un espacio fundamental por lo que comercialmente significa, en Brasil el futbol es religión. Ocupa un lugar determinante en su proyección histórica a nivel internacional.


Los ingleses lo patentaron, lo inventaron. En ese sentido, son los creadores, Inglaterra es la meca. Pero el máximo ganador de mundiales de la especialidad es Brasil.
Brasil viene siendo la basílica del futbol. El scratch es el equipo favorito por antonomasia del deporte más popular del mundo.


Sin embargo en un país tan grande como Brasil, territorialmente casi como un continente, con sus más de 8 millones de km² y en densidad de población el sexto del mundo con más de 190 millones de habitantes, era imposible unificar el gusto por una manifestación deportiva, por el futbol.

Precisamente el tamaño gigantesco del país, ocasionó que el tema del transporte público fuese un dolor de muelas constante para su gobierno, para la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociado) y para el COI (Comité Olímpico Internacional).


La dificultad esencialmente giraba en torno a la logística de transportación durante la copa confederaciones, el mundial de futbol y los juegos olímpicos, pero para los visitantes. Es decir, el problema no era de costos, sino de infraestructura.


Habían medido lo difícil que sería transportar a los visitantes, problema que por cierto aún no se ha solucionado.  Olvidando mientras tanto, el malestar que ocasionarían con su propio pueblo.
Miles de manifestantes, en especial universitarios, han salido a las calles de todo Brasil para mostrar su aversión al derroche de un país que no está en condiciones de hacer este tipo de inversiones.

El pleito no es contra el futbol, ni contra la copa confederaciones, el mundial, o los juegos olímpicos. Las manifestaciones van contra los políticos brasileños, no son contra el deporte.
El mundial y los olímpicos de Lula da Silva fueron un sueño hermoso. El duro despertar le ha tocado a la presidenta Dilma Rousseff. Ella ha tenido que encarar las protestas, y seguramente al mismo tiempo, la presión para que en Brasil todo llegue a buen puerto en cuanto a los eventos deportivos.


Quizás las manifestaciones, en principio pasivas, se tergiversaron por grupos radicales que han incrementado la acidez de las protestas y los conflictos en las calles.
De cualquier forma las primeras inconformidades, y las más elementales, no por ello intrascendentes, emanan del pueblo. Son reclamos genuinos de una población que ama el futbol y el deporte, pero que va desvelándose ante sí, el costo enorme que significará pagar las fiestas que vienen.

“La corrupción también es vandalismo”.
La frase que venía en una pancarta de los manifestantes parece ser lapidaria. El pueblo, los manifestantes ya no se encuentran desprovistos de toda la información, ya no están tan a ciegas como antes. Conocen lo que sobrevendrá económicamente para su país.


El costo de los países subdesarrollados cuando se aventuran a organizar un evento así es insufrible. La FIFA y el COI lo sabían al momento de designar a Brasil como sede de estos eventos.

En medio de las protestas: el balón. Juegan Brasil contra Uruguay y mañana España contra Italia. Ambos partidos tienen que ser considerados clásicos del futbol internacional, doce títulos de campeones del mundo son los que disputan las semifinales de la copa confederaciones. La comparsería se fue, los equipos malos ya no están.


Ahora quedarán en los últimos días de actividad en Brasil, por el momento, dos cosas. Manifestaciones y buen futbol, ojalá prevalezca lo segundo y se hable más de deporte que de política.


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