miércoles, 2 de julio de 2014

APOLOGÍA DE LA DERROTA.


Por: David Alberto Badillo.

Son tan escasos los triunfos, que casi de cualquier relumbrón hacemos una apologética y sacra futbolera. 

Nuestras derrotas con la patente mexicana de honrosas, impelidas por la antipatía del árbitro y por la mala suerte -injusta compañera de batallas desde el famoso grito de Don Fernando Marcos en Inglaterra 66 ante los franceses de: ¡Borja no falles! ¡Siempre el maldito error! Hasta las patrioteras crónicas de la actualidad-  solazan nuestra frustración por el “casi triunfo” despojado in extremis. 


Miguel Herrera contó con mucha suerte. Su debut se dio en pleno mundial de futbol, en el país futbolero por antonomasia. Porque la eliminatoria contra Nueva Zelanda la pasaba cualquiera, los partidos amistosos y de preparación no son más que ensayos. Por ello la presentación real de Herrera ocurre en pleno mundial.


Se le gana a una paupérrima selección de Camerún, sospechosa de amaño de juegos, se le empata al anfitrión, con mucho mérito, buen futbol y un portero en estado de gracia. Y si le gana en una de las mejores exhibiciones de México en la historia de los mundiales a Croacia.


“Llegó el momento de traer de vuelta la copa del mundo a casa” No sé cuando estuvo antes en casa, pero bueno. Llegó el momento de arribar al onírico e irredento quinto partido y no se consigue. Se prometió por todos y no se consigue.


El porqué no se consiguió ya se ha analizado por los más de cien millones de entrenadores que vieron el juego y creen tener la fórmula del porqué no se logro y del cómo sí se pudo haber obtenido.
Después de la sexta derrota en octavos de final al hilo, después de los 20 años de amargura en el cuarto juego del mundial, aparece, no crea usted que premeditadamente, todo el aparato que rodea a la selección y con el pulgar arriba del César mexicano del futbol se ordena iniciar con la exaltación del nuevo hijo predilecto.


Miguel Herrera el del marginal Atlante, el del Veracruz que descendió en el 2008, el del desparecido Tecos de la U.A.G, se metió en el corazón del dueño del América.


La devoción lo catapulta a la selección, sin importar la vejación que le hacen a Vucetich y el “piojo” se sacó la lotería.

Lo fueron llevando, lo colocaron, lo volvieron en el personaje. Una marca, como un refresco, como a un cantante de esos que también abundan con más carisma que talento.
El que saca campeón al América tiene deparado por el destino una buena recompensa. Es la ventaja de ser el dueño de un equipo y de otras muchas cosas importantes.


Es así como de pronto, en un sueño para él, Miguel Herrera ya tenía de la noche a la mañana la investidura de técnico nacional. Y lo hizo bien como tantos otros. Pero no trascendió, México se quedó a un tris de ganar el partido que tenía que ganar.
Hoy Herrera es imagen de ternura, es motivo de cariño. Logró lo que muchos otros con más blasones han logrado, consiguió la misma posición que la mayoría.  Pero el presentimiento y la ilusión nacional - a veces errada un poquito nada más por la mercadotecnia-  nos dan todavía para pensar que ahora sí, éste es el bueno, el mejor, el más mexicano de los mexicanos, el más sabio y talentoso que hemos tenido.


Hoy es santo de la devoción y salvador de la patria. Pero en algún momento en la interminable carrera de relevos al vapor y de ingratitudes a la mexicana, Herrera recalará en el lado subversivo del futbol, al que perteneció durante mucho tiempo el Herrera crítico, mal educado, divertido, el que decía lo que pensaba. El que mencionó que los árbitros tenían la del América debajo de su uniforme.

Cuando al canal preponderante del país las aventuras del “piojo” y su familia no le sean de utilidad, cuando las carencias del hombre terrenal sin la mercadotecnia de Televisa florezcan, seguramente lo veremos de crítico, como ha ocurrido con varios, Aguirre en su momento, ahora Hugo Sánchez.

Para cuando ocurra nosotros seguramente habremos encontrado a nuestro enésimo mártir de la derrota, al nuevo y aguerrido vengador nacional, al siguiente superhéroe.
Entonces diremos con la memoria adolorida y con el placer de la inmediatez que no exige esfuerzo: ¿Te acuerdas de la selección de Herrera en el mundial de Brasil?   Sí, un poco… la que tampoco llegó al quinto partido. 

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